Nadie nace sabiendo que un día va a construir una marca. Nadie imagina que desde un mercadillo con una caja de madera, vendiendo limones para ayudar a su familia, puede empezar una historia que cambiará muchas vidas. Pero eso fue lo que pasó. Esa niña era yo.
Recuerdo perfectamente aquellos días en los que, con un carrito de obra, caminaba entre los puestos de un mercado en Brasil, intentando ganarme el día con dignidad. No sabía de negocios, ni de marketing, pero sabía que quería servir, ayudar, compartir. Y sin darme cuenta, el deseo de conectar con las personas y transformar las realidades ya vividas dentro de mí.
La vida me llevó a tomar una decisión valiente: inmigrar a España. Hace 23 años llegué a este país con la maleta llena de sueños, pero también de miedos. No conocía el idioma, no tenía redes de apoyo, y muchas veces la soledad me abrazaba con frialdad. Pero también sentí algo fuerte en el corazón: que aquí podría escribir una nueva historia. Aquí había futuro, había esperanza.
Aprendí el idioma, estudié, me formé como auxiliar de enfermería. Trabajé en hospitales públicos y privados, cuidando de personas con amor. Era un trabajo digno, estable, que me enseñó mucho. Pero había algo dentro de mí que latía con más fuerza: ese deseo de volver a emprender, de hacer algo por mi cuenta, de ayudar a otras mujeres a sentirse bien mismas.
En todo ese proceso, me encontré con un problema personal que muchas mujeres también viven en silencio: no había productos para mi cabello rizado. Yo, que desde niña lo alisaba sin entender cómo cuidarlo, había aprendido a ocultarlo, a domarlo. Pero en el fondo sabía que mi identidad estaba también en él. Empecé a traer productos solo para mí. Y lo que empezó como algo personal, se convirtió en una cadena hermosa: todo el mundo me preguntaba, me elogiaban el pelo, y como me gusta servir, regalaba un poquito a mis amigas. Luego empecé a traer también para ellas. Sin darme cuenta, estaba sembrando algo mucho más grande que un negocio: estaba creando comunidad.
Durante mucho tiempo combiné los dos mundos: mi trabajo en la sanidad y mi atención a las clientas. Y era curioso: incluso después de un turno agotador, atender a mis clientes me llenaba de energía. Me hacía feliz. Hasta que un día lo supe con certeza: había llegado el momento de tomar la decisión más difícil de mi vida. Dejé mi trabajo estable y aposté todo por mi sueño.
No fue fácil. Tuve que romper muchas barreras, incluso personales. Una de ellas era sacar el carnet de conducir. En Brasil nunca pude hacerlo por mi minusvalía: solo tengo visión funcional en un ojo. Pero esta vez decidí vencer mis miedos. Lo logué. Saqué el carnet. Compré un coche viejo, lleno de golpes, pero valiente como yo. Y con él recorrí cada barrio de Zaragoza, tocando puertas, visitando casas, peluquerías, comercios... incluso viajaba a Navarra, Aragón, La Rioja y Valencia. ¡Qué aventuras!
Cuando llegó la pandemia y el mundo se paralizó, yo seguí. Aprendí a enviar a toda España, a organizarme desde casa, a reinventarme una vez más. Y entonces abrimos la primera tienda física y también la web. Era pequeña, pero preciosa. Llena de detalles, de cuidado, de alma. Fuimos la primera tienda especializada en rizos de Zaragoza.
Y, mientras cuidaba a mis clientas, algo se despertaba en mí: veía mujeres felices con sus rizos, amándolos, aceptándolos. Y me pregunté: ¿por qué no yo también? Así que empecé mi propia transición capilar. Hice el gran corte. Volví a mi esencia. Empecé a cuidar mis rizos, a compartir mi proceso, a enseñar desde mi experiencia real. Y esa comunidad, que habíamos creado juntas, se hizo más fuerte, más cercana.
Hoy vendemos a toda España y comenzamos a vender en Europa. El camino no ha sido fácil, pero ha valido cada paso. A veces, cuando regreso a Brasil, me lleno de emoción. Amo mi país. Siempre seré brasileña y me siento orgullosa de ello. Pero cuando piso suelo español, siento que también llegué a mi hogar. Aquí encontré una nueva oportunidad. Aquí escribí una nueva historia.
Gracias por ser parte de esta historia. Por confiar, por acompañar, por seguir aquí. Esto solo es el comienzo.

